El arte del fútbol
Con la llegada de la Copa Mundial de Fútbol, los colombianos se sumergen en una temporada cuya emoción solo se compara a la de una fiesta patria: llenar el álbum, hacer planes para ver cada partido con amigos o familia, o participar en pollas mundialeras son parte de la fiebre que este evento, en su vigésima tercera entrega, extiende no solo por Colombia, sino por el mundo entero.
En medio de este ambiente, en el que es inescapable pensar en fútbol y en aquello que lo rodea, es apenas natural que empecemos a tejer conexiones entre el deporte y otras facetas de la vida, lo cual incita algunas preguntas. Por ejemplo: ¿qué separa al deporte —en este caso, el fútbol— de las artes escénicas? A primera vista, la cuestión no pareciera tener mucho fundamento, pero entre más pensamos ambas disciplinas en paralelo, más sentido cobra la comparación.
Lo primero que salta a la vista son los elementos en común. Tanto en el fútbol como en las artes escénicas hay un público. También están quienes se desempeñan interpretando o jugando (curiosamente, en idiomas como el inglés o el francés la palabra play o jouer, respectivamente, significan tanto “jugar” como “interpretar”), e incluso hay directores de algún tipo (técnico, de orquesta, teatral) a cargo del desempeño de jugadores o artistas.
Más importante que estas similitudes superficiales, el deporte y las artes también comparten algo de aquella cualidad inmaterial que nos conmociona como audiencia. El regocijo de la victoria, la tensión del último minuto y la forma en que el sonido del silbato desdibuja la frontera entre nuestra atención y el mundo que nos rodea no son sentimientos ajenos a quienes lloran al escuchar un aria, o se pierden entre las obras de Molière o Shakespeare. Tanto el arte como el deporte son ejercicios en los que nos vemos de frente a nuestra propia humanidad, ya sea por medio de la admiración que despierta en nosotros la excelencia física que, con disciplina, ha alcanzado un semejante, o por la conmoción, casi visceral, que los diferentes lenguajes estéticos nos genera.

La comparación también se extiende a lo que cada práctica exige a quienes habitan la cancha o el escenario: un buen artista requiere de la disciplina del deportista para acondicionar su principal instrumento, el cuerpo, con el fin de hacer que su interpretación sea tan natural como respirar; Igualmente, todo deportista que ha pasado a la historia ha debido demostrar aquel impulso creativo del que nacen los momentos de brillantez. Las actuaciones más memorables de futbolistas como Maradona, Ronaldinho o Michael Olise no distan de la improvisación de un intérprete de jazz, por ejemplo: una suerte de reacción instintiva que se fundamente en el perfeccionamiento técnico y que, tanto en el mundo del deporte como en el de la música, llaman “estado de flow”.
Ahora bien, no hay que confundirse; arte y deporte siguen siendo cosas distintas. La más clara diferencia radica en la finalidad de cada disciplina: mientras la naturaleza del deporte es competitiva, sobre todo en sus más altas esferas, el arte por definición es un proceso de creación que busca comunicar. Hay campos que desdibujan esta frontera, como la danza competitiva o el patinaje artístico, aunque estos son más la excepción más que la norma. Sin embargo, estas excepciones también resaltan otra relación —quizás la más importante— entre arte y deporte: ambas son, pese a lo que uno imaginaría en primera instancia, disciplinas complementarias. Si bien arte y deporte están separados por la frontera de la competencia y de la creación, es en este umbral, bajo el cual ambas contaminan un poco a la otra con algo de su esencia, donde florecen los mayores exponentes de cada una.
En últimas, esta temporada futbolística también nos recuerda que el deporte es mucho más que un marcador. El fútbol, a su manera, es todo un arte y cada partido, una suerte de coreografía impredecible, una historia que, dentro y fuera de la cancha, despierta pasiones más fuertes que cualquier ficción.


