El teatro como resiliencia

Tras el terremoto del pasado 10 de agosto, la sociedad colombiana se enfrenta a las repercusiones de una tragedia que no solo ha afectado la integridad de edificios, vías y servicios, sino también el bienestar, tanto físico como psicológico, de quienes sufrieron la calamidad. Después del lamentable incidente, la resiliencia de los habitantes del Chocó, Cali y el Eje Cafetero que se enfrentan ahora a la reconstrucción de sus vidas y comunidades, no es nada menos que digna de la más grande admiración.

Ser resiliente no significa ser indiferente frente a la tragedia ni tiene que ver con qué tan rápido se pueda olvidar lo ocurrido; por el contrario, se trata de la adaptabilidad que, en situaciones extremas, nos permite seguir adelante con la vida y afrontar el dolor. Es una palabra que, en el contexto de la historia colombiana, marcada por la tragedia, se ha vuelto parte de nuestra identidad política, social e incluso artística.

¿Qué tiene que ver el arte con la resiliencia? Más de lo que uno creería. Un estudio realizado en 2017 por profesores de la Universidad de Exéter identificó el teatro, particularmente el teatro participativo, como una herramienta para fortalecer la adaptabilidad de comunidades costeras en Cornwall y Kenia frente a crisis medioambientales. Otros estudios recientes también han señalado la importancia del teatro participativo y comunitario en la consolidación de redes de apoyo en Nairobi o como herramienta para la socialización de buenas prácticas en situaciones de emergencia tras el huracán Matthew en Haití.

En el caso de Colombia, las artes escénicas se han establecido como un medio fundamental para la catarsis y la creación de memoria histórica. Ejemplos como ‘Develaciones: un canto a los cuatro vientos’ (obra desarrollada de la mano con la Comisión de la Verdad) cumple a la vez los papeles de espacio colectivo de sanación y de testimonio en el que se documenta la resistencia frente a la violencia que ha vivido el país. La mayoría de las obras, sin embargo, pertenecen a procesos más pequeños, a veces locales, en los que se utiliza el teatro participativo, comunitario o testimonial para dar un espacio a las verdades vividas.

Si bien la mayoría de las muestras teatrales de resiliencia de Colombia se enfocan en la historia violenta del país, también encontramos múltiples producciones teatrales que tratan catástrofes naturales, como la ocurrida en el municipio de Armero en 1985. La tragedia desatada por esta avalancha ha sido llevada al escenario en múltiples producciones donde no solo se ha buscado crear memoria de lo ocurrido o explorar aquello que se pudo haber hecho para mitigar el desastre, sino también articular, por medio del arte, todo lo que no se puede expresar con solo palabras.

Con estos ejemplos no quiero decir que el teatro sea una solución, ni quisiera confundirlo con una forma de terapia. El valor del arte está en la creación de condiciones para comprender lo ocurrido. Es un espacio seguro para procesar las repercusiones del desastre y reconstruir las memorias —individuales y colectivas— de lo vivido, ambos procesos útiles para afianzar la resiliencia de una comunidad.

En el caso del sismo que abatió a nuestro país, la resiliencia se evidencia principalmente en el territorio: la encarnan los vecinos que iniciaron los esfuerzos de búsqueda entre los escombros de forma inmediata; los voluntarios que han decidido ayudar, movidos por la empatía; los organismos e individuos que han decidido comprometerse con la gestión logística para hacer llegar los diferentes tipos de ayudas a quienes más las necesitan.

El arte no tiene forma de reemplazar estos esfuerzos esenciales para la preservación de la vida, ni sustituye las respuestas materiales ante la emergencia, pero sí puede contribuir a comprender y reconstruir aquello que queda después de ella.

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July 10, 2026 - In General, Negocios

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